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ROAD TO OSCARS 05 – Ver Boyhood

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Boyhood (Richard Linklater, 2014)

Linklater es uno de los semicolados de los Oscars. Otro es Chazelle, medio colado por la rama Sundance de la familia. El otro es Anderson (Wes), que pertenece a la misma familia que el primero: los que suelen estar nominados a mejor guión, y lo ganan. Hoy han traspasado de categoría para, quizás, volverse Hollywood royalty. ¿Se acuerdan cuando Pedro Costa ganó Mejor Fotografía en el Festival de Mar del Plata el año pasado? Se llama repartir los premios como funciona el líquido: cuando está en reposo presenta una superficie que es siempre horizontal, y adaptan su forma siempre al envase que los contiene. Llenan todos los recovecos, digamos. El tema es que cuando el agua es poca pero la superficie es amplia, la altura del agua es poquita. O sea: ¿quién se lleva el Oscar si hay colados repetidos? Linklater vive cerca del terreno de los festivales de cine, los grandes y medianos (los chicos no, sus películas deben ser carísimas). Por ahí se lo conoce como el obseso del tiempo, que ha inventado diferentes experimentos para ya sea observarlo pasar, condensarlo, estirarlo o ver qué efecto causa su imposible puesta en pausa en diferentes personajes. Ahora se reestrena Boyhood en los cines y habrá nuevamente un montón de gente viendo uno de estos experimentos, lo cual es intrigante. Cuando la costumbre es utilizar diferentes actores para las distintas edades de un personaje que crece, ¿cómo se tomarán todos el crecimiento real?

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Lo bueno es que en Linklater gran parte del encanto viene de mano de la empatía. Uno se encuentra de alguna manera extraña en todo eso que está viendo. Si bien Boyhood contiene menciones a todo tipo de eventos culturales masivos (varias canciones, Harry Potter, Facebook) con los que uno puede estar familiarizado en las diferentes etapas, son más las relaciones que los personajes tienen con estos elementos lo que importa. Es un tipo de distancia que me cuesta mucho con Linklater: el lanzamiento de algún Harry Potter me divierte por haber estado en uno. Me refiero a que es por momentos bastante caprichoso: mi favorita de la trilogía de las Antes… (Antes del amanecer, Antes del atardecer, Antes del anochecer) es la primera, y estoy segura de que es porque estoy más cerca de los 22 que del resto de las edades. Esto podría ser complicado porque plantea un traspaso un tanto ligero y sobre todo muy normalizador de las etapas de la vida con las cuales identificarse: existen desde antes y seguirán existiendo después. Pero en este círculo que la película plantea son los pedacitos de los que está compuesto los que la hacen existir, y esos no son tipificables. Sus mejores momentos, esos en los que la escena se transforma casi en algo autónomo, son ese presente contínuo que parece suspenderse en medio de un avance estrepitoso. Los pedazos de pasado que se van acumulando se proyectan en el futuro, en las próximas escenas, y son en su mayoría momentos felices. La vida de estos personajes como materia prima hace que no sea posible elevarlos a una regla. Son ellos, esas son sus vidas, no son iguales a las nuestras y estamos viendo cómo es que se arman.

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Todo esto pasa en Texas. La familia de Mason se presenta como una especie de reservorio de progresismo dentro del planeta de cowboys y la gente con rifles, con la que conviven de manera bastante cordial. En ese sentido los 14 años que nos separan del principio de Boyhood son casi los mismos que los de American Sniper, pero con un opuesto total de texano. El tercero va a ser Wes Anderson que en realidad vive en otro planeta. Linklater es probablemente por su acercamiento más amoroso y directo (y también moderado) el mayor candidato a ganar de los tres. Y de todos, diría. El team Boyhood no tiene anhelos tan descabellados. Es, de las 8, la más cercana al American way of life y a una idea abarcadora de la historia de su país. Quizás le jueguen en contra el minimalismo de su trama y su lejanía de los grandes temas. Este texano progresista, sensible y curioso, es más un ciudadano del mundo que de Texas. Ese que quizás algún día viaje a Europa y conozca a la francesa quejosa futura madre de sus hijos. Embriagarse de la sensación de estar viendo la vida de alguien, el desarrollo de su forma de mirar, de construir qué es el mundo, en medio del equilibro pasarla bien/pasarla mal de a ratos es lo interesante. Me refiero a que por qué va a tener menos derecho (o menos valor) a ser representado este Mason por ser un chico de clase media de texas sin demasiados problemas. Sobre todo si esa historia y esa pertenencia de clase lo atraviesan todo el tiempo. El otro centro de encantamiento es ese azar que se forma en lo que hará el tiempo con los cuerpos. Uno podría hasta morirse. Una relación tan directa con el tiempo acarrea unos riesgos enormes. Ver el tiempo pasando por las caras de esta gente si da la sensación de estarlos acompañarlos, de ser parte de esta comunidad que en este caso es una familia. Es imposible cansarse de sus elipsis porque en ellas está contenido el ritmo que tiene la vida en la película.  También es imposible guionar las transformaciones futuras. ¿Cómo se decide que es importante de hoy si eso lo dictará el futuro?

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Linklater hizo algo bastante maravilloso porque ha capturado el tiempo, sabiendo que es finito y que corre también para él y es imposible desligarse de una idea de la muerte. Requiere una gran destreza conservar unido a este grupo de personas creciendo en la pantalla. Vivir con ellos, vivir entre ellos (no es fácil que esto suceda), no a través de un catálogo de situaciones sino como espiado cada tanto, o como yendo a visitar. Lo que se logra es bello y terrible (moderado, si, salvo a veces bastante terrible) porque implica una relación directa con el presente que siempre se escapa. Esto, el presente, es lo que le da cuerpo al cine. Ver eso que sucede, antes de que se escurra -traiga encima lo que traiga- es lo que importa. También es siempre gracioso. Vemos a los mayores volverse un poco ridículos (El bigote de Hawk, los ataques de madraza de Arquette), y a los chicos pasar por una serie de looks espantosos. Cuando todo termine, y ellos se hayan ido, queda la sensación de que los amaremos siempre y de haber presenciado un milagro, el de haber visto filmar la vida.

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