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ROAD TO OSCARS 04 – Baby boy

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Whiplash (Damien Chazelle, 2014)

Algo que me prometí cuando comencé este querido diario de los oscars era no quejarme como una anciana. Whiplash viene de Sundance (película de apertura), es la casi cuarta hora de solos de batería en dos entradas del diario que escucho y anda muy cerca de dar lecciones (esas por las cuales los personajes son inconfundiblemente malvados y los vemos hundirse inevitablemente). Va a los oscars como la representante de los “independientes”. Película chica, bajo presupuesto, director joven (la primera se puede bajar de acá ) salida de los talleres de Sundance primero en forma de cortometraje. Ocupa un lugar entremedio de las biopics inglesas  y las obras de arte(sanía) chicanas.

Whiplash es la biopic de nadie. Una película de las que podemos llamar “he was once somebody’s baby boy”, que es algo que dice la chica de La conversación (Coppola, 1974) en una conversación que graba el protagonista. Ella dice algo así como que cuando pasa por al lado de un linyera tirado en un banco de la plaza piensa que alguna vez fue el bebé de alguien, que lo amaban, y ahora ¿dónde están sus padres, sus tíos, todo eso? Andrew Neiman alguna vez fue el bebé de alguien y si bien lo sigue siendo, se ha ido perdiendo.

(hacemos una pausa musical y seguimos )

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El protagonista de Whiplash, Andrew, es un chico de 19 años que estudia batería en la mejor escuela de música del país, lugar al que va la gente a esperar que venga el profe Fletcher y los reclute para llevárselos a su banda y que más tarde venga Wynton Marsalis y se los lleve al Lincoln Center. Andrew llega al nivel Fletcher y ahí comienzan los problemas. Fletcher es un hombre sádico y maltratador que vive humillando y agrediendo a los músicos, que se debaten entre el terror absoluto y la admiración. En el caso de Andrew, la cosa va más por el lado del talión. Ojo por ojo. Es como si Matilda le contestara a la Tronchatoro metiéndola en un armario lleno de ratas rabiosas (Matilda, Dani de Vito, 1996).

Es una suerte que las películas no sean sobre cosas porque si no Whiplash sería probablemente sobre la música, sobre el jazz y ahí vendría el momento del “ey, el jazz no es esto”. Pero es más bien lo que las películas rodean, o cómo lo rodean. En este caso es el desarrollo dolorosísimo una técnica casi todo el tiempo, el ¿swing doble?, ¿whiplash? que implica tocar muy rápido. Whiplash existe en ese lado de las artes que se acercan más a la perfección que a la belleza. O sea eso que se empecina en afirmar que existe la objetividad, que se puede ser el mejor músico de jazz del mundo, incluso que un estilo es mejor que otro. Como si todo fuera cuantificable. Esto para los personajes. La película, por el contrario, condena este tipo de ideas, llevando a sus portadores en picada hacia el infierno.

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Queda claro que lo que hace Andrew no tiene nada que ver con la música. Repite como un loco golpes que le mutilan el cuerpo. Lo que hace Fletcher tampoco: es un afinador, cuyos mejores momentos son involuntarios: cuando separa eso que escuchamos como un todo en instrumentos, y vemos cuales son las partes perdidas en ese arreglo para banda gigante. Pero mientras nosotros escuchamos formas en que se descompone y recompone una melodía Fletcher busca culpables de delitos inventados o futuras víctimas. Lo mismo con las canciones: siempre quedan truncas, no es posible disfrutarlas. Nunca llegamos a escuchar una canción completa. La primera vez que vemos un ensayo de la banda, que viene muy bien, Fletcher la corta de cuajo. El momento de escuchar una canción completa vendrá al final, pero ya será todo malestar.

Tan poco tiene que ver con la música que no logran encontrarse nunca intérprete e instrumento. Su cuerpo siempre está despegado del objeto, que nunca será continuación de ninguno de sus miembros (aunque en varios planos parezca estarse masturbando). Cada primer plano con referencia de la batería, cada cambio de foco entre el objeto y el personaje, cada descomposición de la acción en planos, planos y planos no hacen más que alejarlo de la batería varios niveles, mostrar que jamás serán una sola cosa. No hay forma de que Andrew domine la batería porque no entiende que no es algo que se le puede volver a favor y en contra sino algo más simple, lo que es. Por más que practique, que desarrolle una técnica, que ensaye como un loco, nada reemplaza al talento, a la soltura y sobre todo al placer por el sólo contacto con eso que se adora. Estos dos tipos son puro sufrimiento.

Leyendo un poco sobre Chazelle se puede intuir que le gusta la música. Estudió varios años (se cruzó con un tipo parecido a este), su película anterior también habita los suburbios del jazz (al parecer) . Lo que no se entiende bien es por qué, si es eso lo que él ama, se desvive por buscarse algo que sea todo lo contrario. La película es efectiva, como un movimiento practicado. Se sufre al verla, es intensa pero de emociones desagradables. Está hecha como emulando algo que se desprecia –meter la idea de lo perfecto (lo controlado) en una discusión que debería ganar el ángel o el talento (y lo libre)-, se disfraza de perfeccionista con una puesta en verdad más “descuidada” que es por lo menos dudosa (esa sensación de cámara en mano, de filmar sin pensar en las reglas de los ejes -reglas de montaje y puesta de cámara que se aprenden en las escuelas de cine-). Eso es algo que siempre me sorprende, me descoloca: ¿qué otro motor tiene disfrazarse del enemigo aparte de poder decir “yo soy mejor que esto”?. Casi siempre, ninguno. O intentar disminuir al otro hasta la nada, como si el misterio no se debatiera entre el arte y la técnica.

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