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ROAD TO OSCARS 03 – Los tres chanchitos

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Birdman (O la inesperada virtud de la ignorancia) (Alejandro G. Iñárritu, 2014)

(Se revelan muchos datos de la trama, aunque no así la trama)

Tercera película que probablemente no hubiera visto de no ser por el experimento. Iñárritu está enterrado en mi lista de los ignorables o condenados, depende de la apatía de cada uno, junto con ¿Jeunet? ¿Besson? Esas cosas que se ven sólo por cierto azar y muy de vez en cuando. Agradezco al experimento librarme de mi apatía.

Esta nota de Lerer me hizo acordar a un texto de Daney (probablemente era la idea) publicado en El amante del Tenis. Daney habla de Henri Leconte, un tenista francés que en algún momento de los 80 parecía ser la única esperanza de Francia de ganar un torneo propio. Henri Leconte tenía un apodo, Ritón, quizás proveniente de un DJ inglés con el que compartían el prenom y la procedencia norteña –Leconte nació en Pas-de-Calais, norte de Francia-. Para Daney, Henri era Leconte cuando jugaba un buen tenis –su tenis- y Riton cuando le pifiaba.

Para Daney un verdadero buen tenista era aquel que ganaba siempre los puntos importantes. El que ganara esos puntos siempre se llevaba el partido, no es una cuestión puramente numérica. Yo no se nada de tenis, ni de tenistas, pero en esta novela familiar sobre un deporte inventado que es en mi mente El amante del tenis hay un par de respuestas acerca de por qué Iñárritu no tiene ni Leconte ni Riton pero si un par de escapes milagrosos.

Riggan (Michael Batman Beetlejuice Keaton), un actor que armó fama tras protagonizar una serie de películas de un superhéroe llamado Birdman, vuelve a aparecer en escena cuando escribe, dirige y protagoniza una adaptación de De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. La película comienza cuando la obra entra en la etapa de ensayos generales.

Birdman no venía tan mal pero ese tan andaba por ahí molestando. Y no era ese cometa que aparece durante los primeros segundos de la película junto con unas medusas, antes del plano secuencia tan trending topic, que por suerte olvidé a los cinco minutos. Al principio pensé que era esa necesidad que viene con el plano secuencia, en el que el tiempo de la historia suele ser el mismo que el del relato y por lo tanto parece hay que acumular un montón de información en una serie de diálogos contextualizantes, eliminando la posibilidad de que uno pueda inferir algo de lo que pasa, inventarlo a medias o lo que se le de la gana. En su lugar, una serie de enumeraciones. Como cuando el personaje que interpreta Galifianakis le dice a Keaton algo así como “soy tu productor, tu agente, tu mejor amigo”. Pero a la distancia recuerdo estas cuestiones con cariño, por obvias y desencajadas, dueñas de una buena parte del humor de la película.

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Después le eché la culpa al plano secuencia. Ese virtuosismo caprichoso, lleno de resoluciones que por lo general terminan en una grasada visual como repentinas elipsis en timelapse o paneos que aprovechan el pasaje por espacios sin personajes para dar paso a un cambio de tiempo y situación –elipsis- (los famosos paneos DeLorean). Pero ahí se despeja que la película es eso, una cosa que no tiene secretos, en el sentido de hacer cualquier despliegue que le parezca, porque le parece y ya. Anula completamente la paparruchada del comentario sobre el arte y el artista –sobre todo en la escena de la pelea críticos vs- cineastas, con la línea todo crítico es un artista frustrado incluida-. Es imposible tomárselo en serio y bastante inútil intentar retrucarlo cuando todo el tiempo vuelven los personajes con ese aire ridículo hablar del arte significativo, como si estuviera todo construido con un afán de cinismo, ligereza y humorada.

Es la forma de la película: en la velocidad de su movimiento casi todo se va soltando, porque nada está muy agarrado. Ahí si es más molesto: nada importa demasiado porque se lo deja rápidamente, siempre se abandonan las situaciones antes de tiempo, nunca parece que haya un control sobre eso, y sobre el tiempo termina primando siempre el espacio. Todo es desechable, porque no se apareja al ritmo. Lo raro es que bastante razón sería esta como para no hacer una película.

Después le eché la culpa a esta cuestión de los actores y la psicología de los personajes, la tematización de los dramas del teatro, del grupo que interviene en una puesta. Mundillo, método, lucha de egos, locura y talento, sobredramatizado y solemnizado. Pero cada vez que Keaton decía sus líneas, como “I wouldn’t know… you’d have to know the particulars” (yo no sabría… deberíamos conocer los detalles) me encontraba prestándole atención a la entonación, admirando matices. Completa sorpresa. De ahí pasé a prestarle atención a los personajes. No sólo a él, a su obra, sino su hija (Emma Stone) rebelde por nada (no puede ni verbalizarlo), a su amante (Andrea Riseborough) que se permite ser un poco una tonta y bastante poco dramática, a su partenaire de la obra (Naomi Watts) que no se engancha con su amante (Edward Norton) cuando se vuelve nocivo sino que lo deja –fácil hubiera sido caer en esa tentación de dramón- y hasta al genio oscuro e idiota (Norton), que tiene momentos de luz cuando se encuentra a solas con la hija del jefe. Iñárritu me había hecho sentir empatía, qué miedo.

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Pero ahí empezó el verdadero problema, cuando pasé demasiado rápido a echarle la culpa al pobre de Birdman, fantasma del pasado de Riggan, esa voz en off constante que parecía provenir de su mente, ese otro yo venido del planeta del viejo truco de la doble personalidad. Pero Riggan tenía poderes. Y volaba. Birdman era menos una doble personalidad que un superpoder, un giro bastante inesperado, libre y lleno de posibilidades porque no tenía que vivir bajo el peso del verosímil. El momento más bello de la película, Riggan vuelve flotando al teatro con sus superpoderes de Birdman, y su movimiento es lento, medio vaporoso. Hay violines. Aterriza con suavidad y se abre a la posibilidad antes imposible, la del cineasta que tiene el control del tiempo. Entre tanta asfixia, un vestigio de pausa, ente tanto malestar, un poco de placidez.

Y ahí viene el monstruo. Riggan entra y tras de él un taxista, que le pide el dinero del viaje. No hubo vuelo, solo una vuelta en taxi. Birdman no existe, Riggan está loco. La traición del era todo un sueño, era un desequilibrado, vuelve como un piedrazo salido de la nada. Era obvio y sin embargo por un momento fue olvidado: a alguien le iba a tocar lo que no merecía. Iñárritu vuelve a su en verdad nunca abandonado Iñárritu. Y así pasó con todos. Con todo. Era verdad, nada importaba.

Ese título que está ahí como para que se lo invierta: la inesperada ignorancia de la virtud. Lo que era un sueño era el atisbo de fe (fe de que tampoco era para tanto, no más que eso), en cosas que por lo general no se tiene tanta: en un procedimiento, actorisismos, diálogos mediocres, superhéroes, Iñárritu. Pero nada iba a pasar de moderado, y de ahí a nulo. Una negligencia para lo que se tiene: la posibilidad de saltar un poco lo olvidable, de irse lejos. Es feo ver a alguien alcanzar su techo, aunque sea un techo que sabíamos bajísimo al que se le sumaron cinco centímetros más de lo esperado. A eso le digo perder los puntos importantes.

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