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ROAD TO OSCARS 02 – Películas Ocre

El código enigma (Morten Tyldum, 2014)

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Segunda biopic de científico british del diario (la primera fue La teoría del todo), tuvo la mala suerte de llegar en ese orden. Mala suerte porque va a parar al reino de las excentricidades un tanto ridículas. Es llamativa la presencia de ambas en la competencia, como si en vez de un representante se necesitaran dos (veremos más adelante con el resto de las integrantes), no de biopics porque de esas están llenas los Oscars, pero si de biopics medianamente chicas de científicos del siglo pasado y extranjeros. Ingleses.

Un poco más señorial que la anterior, más sobria, más ocre, El código enigma es más voluntariamente humorística. Alan Turing, lógico, matemático, criptógrafo, precursor de las maquinas que hoy llamamos computadoras y del CAPTCHA (eso con lo que uno suele cruzarse si es usuario frecuente de las descargas directas) es de lo que se encarga esta película. En realidad, de su pasaje por un programa que tenía como objetivo encontrar la forma de descifrar los códigos de Enigma, una máquina que tenían los alemanes para encriptar mensajes, que cambiaba cada día.

El actor que lo encarna es Benedict Cumberbatch, un tipo de rasgos extraños (tiene cara rara, indescriptible) que parece ser el nuevo Toby Jones. Esto significa que vendría a ocupar un lugar dentro del catálogo de procedimientos de los que practican el culto a lo ocurrente-peculiar en sus películas, que suele venir con cierto barroquismo en la imagen, una extrañeza superficial en las situaciones y la búsqueda de una distancia incómoda-cómoda tanto en personajes como espectadores (Peter Strickland, su rey).

Código enigma parece formar parte de este grupo por uno de sus rasgos más reconocibles: eso que vemos no parecen personas. Se mueven como personas, hablan como personas, de a ratos reaccionan como personas, pero hay algo que los aleja de las personas. La excesiva sofisticación tanto en sus movimientos como en la forma de articular las palabras, la baja frecuencia de expresiones faciales. Tambien el color, la textura, el tratamiento digital de la imagen hace que eso que la pantalla me devuelve no parezca más humano que un títere muy bien hecho. Lo cual es aterrador, porque en la mayoría de los casos detrás de todo esto si hay personas.

Turing aparece como un personaje extraño, que tiene problemas para relacionarse con el mundo y ha sido discriminado desde pequeño por ser “diferente”. Y por diferente, por lo menos la primera ¿hora? de película, se entiende muy inteligente. Cada personaje que ocupa un buen lugar en la escala de favoritos de la película –Turing, su amigo del colegio habitante de los flashbacks y la mujer que trabaja en el proyecto- se encargan de llevar el mensaje de que es de bruto acorralar al diferente y que ser bruto es bastante común en ese tiempo, en ese espacio. Más tarde sabremos que Turing es homosexual y como eso estaba penado por ley en Inglaterra se volvía una complicación a la hora de ganar enemigos o guardar secretos de otra índole.

El dato de la homosexualidad de Turing llega bastante tarde y un poco descolocado. Da un poco la sensación de que la película espera que uno lo intuya –va sembrando pistas de un primer amor con su mejor amigo de la infancia-, que parece basarse en la asunción de que gay y raro son lo mismo. Es extraño porque no se ven malas intenciones, sino más bien alguna ingenuidad acompañada de olvidos.

Ingenuidad también con la guerra, de la cual va sembrando pedacitos de contexto con algún soldado mutilado que pasa o breves situaciones en la ciudad destruida, pero eso más parece efecto del encierro en el que tienen que vivir los personajes: aislados del pueblo, aislados de mundo, construyen una especie de frente criptográfico de guerra, que va pegado a los altos rangos del sector táctico y estratégico: bien lejos de las trincheras.

El hielo ingles-sueco que forma se derrite un poco con varios pasajes de humor y empatía, personajes secundarios sorpresivamente autónomos que agregan intrigas (de amor, de espías), juegan algunos juegos y traen momentos de relajación, camaradería, ingenio y una versión interesantemente desencajada del lavado argumento de que todo enigma puede resolverse si el motor es un asunto de polleras.

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