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Comentarios sobre Birdman

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Birdman (Alejandro G. Iñárritu, 2014)

Estamos acostumbrados a sacar entradas en el cine para películas con nombres horribles como Boyhood: momentos de una vida o Whiplash: música y obsesión. El doblaje o la traducción de estos nombres revela una costumbre de quienes lo hacen: la película debe estar comentada, explicada desde el título, como si un nombre propio no fuese suficiente y hubiese que agregarle más cosas en función de una seriedad que nadie entiende. Lo raro es que Birdman ya viene con traducción horrible y subtítulo pomposo ¡en paréntesis!: “ la inesperada virtud de la ignorancia”, algo que es explicado recién en los minutos finales pero que en la secuencia de títulos queda lindo. De ahí se desprende la concepción que la película tiene de sí misma, porque toda acción necesita un comentario, una justificación, algo que lo aleje de lo gratuito –o peor- del disfrute sin más. Porque Iñárritu le deja eso a las películas de superhéroes que tanto desprecia: en sus películas, la gente sufre por razones trascendentales y nunca tiene tiempo para otras cosas.

Riggan Thompson es un actor que tuvo su momento de gloria hace décadas con Birdman, una película que se muestra como antecesora de todas las películas de superhéroes contemporáneas –todo tiempo pasado fue mejor-. Ahora lo que quiere es dejar de ser una celebridad, “una pregunta de trivia” en sus palabras, y conseguir algo un poco más difícil como el prestigio. Para eso monta una adaptación de un cuento de Carver ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? en Broadway con todo lo necesario: escribe dirige y actúa. De la exposición, los miedos, los medios, el arte y de un montón de cosas más trata la película, que empieza cuando Mike Shiner se une al elenco después del accidente del actor previamente elegido y constituye el contrapunto necesario con Riggan Thompson. El personaje de Edward Norton es hedonista y egoísta, lo necesario como para hacer avanzar el relato. La adaptación teatral del cuento de Carver es consecuente con lo que hace el guión de la película misma privilegiando cierta cadencia de diálogos, más cercanos al monólogo. Lo que en el cuento es una anécdota cortada, con disgresiones y chistes por parte de los otros que están en la cocina, desdramatizando lo pomposo, en la película (en la obra de teatro, más bien) es un monólogo de Keaton con unos violines que se contraponen a la otra música de la película, ese continuo solo de batería (otra vez la batería como algo distanciado: prefiero violines ingenuos a baterías con pretenciones de generar incomodidad).

¿Cómo deberíamos reaccionar los que escribamos sobre esta película frente al personaje de Tabitha, la crítica teatral que ama al personaje de Edward Norton pero que aborrece por motivos poco claros a Michael Keaton? ¿Indignarnos y decir que nosotros no somos así? ¿Pensar que Iñárritu es un resentido? Ni siquiera necesario decir que es un personaje maniqueo y totalmente servicial al guión (¡otra periodista pregunta si Barthes actuó en alguna película!).

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Los personajes hablan muchas vaguedades sobre lo que debería ser o no ser el arte, por lo que cabe preguntarse qué dice la propia película. Hay una escena en la que se juega esto. Luego de pelearse con la crítica, emborracharse con whisky (¡¿por qué hay alguien recitando por la calle el pasaje más obvio de Shakespeare!?) y dormir sobre la basura, tiene que emprender la vuelta hacia el teatro, donde esa noche será el estreno de su obra. Mientras camina se ve acosado por su alter-ego, que oscila entre el aliento y la bardeada. Por un lado está el supuesto realismo ridiculizado del personaje de Edward Norton, con pretenciones decididamente artie y legitimado por la crítica cultural seria y concienzuda; por el otro el cine de super acción, con explosiones, dragones, equipos SWAT disparando sobre la ciudad. Ambos constituyen el imaginario de Riggan Thompson y se debaten en su cabeza. Vemos a Birdman en primer plano, mirando a cámara y diciéndonos a nosotros, los espectadores, que eso es lo que queremos, algo estremecedor, algo grande, fuerte, rápido, porque adoramos esta mierda, adoramos la sangre y la acción (todo esto es literal). Después, Riggan se eleva y elegantemente vuela sobre la ciudad, encontrando una salida a ese problema, pero inmediatamente aparece un taxista que quita la ambigüedad de la escena y nos recuerda que estamos viendo una de Iñárritu. El problema es que mostrando ambos extremos, al personaje de Edward Norton y a Birdman, la película se instala necesariamente en el medio de ellos, una tercera posición un tanto más pura con una idea normativa del cine mucho más difusa y light.

El plano secuencia está bien. Quiero decir, tiene sentido, está “justificado”. Por los espacios, los pasillos en los cuales la cámara tiene lugar para moverse aunque siempre necesite que haya algo pasando delante suyo (promediando la película en un momento se queda quieta, estática, por unos cinco segundos hasta que alguien aparece). Hace a las elipsis un tanto más elegantes y complejiza los tiempos que están constantemente falseados. Más allá de que si en una crítica se habla de la dirección de fotografía queda casi instantáneamente impugnada, es curioso ver como todos se deshacen en elogios para Lubezki. Si se habla primero del director de fotografía, algo extraño pasa en la película. Lo digital es un alivio por un lado en cuanto a que habrá hecho posible este gran plano secuencia pero es cargoso porque implica que estemos atentos a ver cuando se revela el engaño, cuando vamos a ver algún modelado en CGI: no tener en claro la veracidad de lo que se está viendo me resulta incómodo.

Birdman es una película que piensa en las formas, ya lo demuestra su plano secuencia, las irrupciones de esa playa y ciertos juegos de miradas (como el del final). Birdman, por otro lado, no se olvida que pertenece a la historia del cine, y ahí están los pasillos de Kubrick -las mismas alfombras-, el teatro, Casavettes, Altman, todas las películas en plano secuencia, toda la parafernalia de la creación artística. Y a pesar de eso, su forma se empecina en mostrar que por su ánimo pretencioso y solemne, por su vocación de humillación y por otras cosas más que se me vuelven inasibles, pertenece a esa genealogía de películas -que se vuelven más complejas, evolucionadas, difíciles de encontrar- contra las que nos rebelamos porque existe una ética que les resulta ajena.

Lautaro Garcia Candela

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