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ROAD TO OSCARS 01 – Encuentran extraño film escondido tras canto a la vida

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The theory of everything (James Marsh, 2014)

Quise comenzar este pequeño diario de los oscars por La teoría del todo y Código enigma porque eran las que menos ganas tenía de ver –las había ojeado a ambas en un yify 1080– y porque nunca logré distinguirlas. Así que sacamos entradas para una aunque no sabíamos para cual.

Los primeros momentos de la película me hicieron pensar que estábamos frente a un film harrypotteresco: colores pasteles seguidos de azules grisáceos brumosos, un ritmo de planos cortos pero estilizados, firme posibilidad de una gran cantidad de elipsis absurdas, mucha prolijidad y british style. En seguida la película me devolvió la quejita en forma de chiste: el profesor era el actor que hace de Remus Lupin (el profe de Harry que era amigo de los padres, el licántropo). Así que me la tomé en serio.

El protagonista es Stephen Hawking, un joven doctorando en física que parece no percatarse de que no le da la fuerza para escribir de corrido en el pizarrón o sostener la cabeza sobre los hombros. Lo que si puede hacer terminar sus tareas en un décimo del tiempo que le lleva a sus compañeros y levantarse a una chica de la Iglesia de Inglaterra, una religión fundada por Enrique VIII cuya máxima autoridad es la reina.

Parece que la película tiene por objetivo poner a los personajes en las situaciones más incómodas posibles, sin que interese demasiado el verosímil. Porque como son tan bellos, buenos y justos logran salir de ellas con la elegancia que corresponde a los seres muy habilidosos. Como cuando Stephen decide que una buena primera cita es llevar a esta desconocida estudiante de arte religiosa a un almuerzo de domingo en casa de sus padres científicos ateos y ponerse a hablar de Dios en el minuto cero. Stephen y Jane son dos aparatos adorables y es lindo verlos pelear.

Hay algo de todas formas molesto, que una vez que se advierte se reúne en la mente con pequeños momentos del pasado que han estado en la misma línea. Es una manía que tiene la película de despedirse de las plenas facultades físicas de Hawking en forma de planos alusivos. Salta de la cama, plano de los pies aterrizando derechitos, Hace una calesita agarrado de las manos de Jane, plano de los pies al borde del desquilibrio junto a un arroyito, gana la carrera de bicis, planos planos y planos de sus vigorosas extremidades. Esto se termina cuando Stephen se da la cabeza contra el piso milenario de Cambridge.

Desde ahí todo avanza rápido: principio de la enfermedad, casamiento, primer hijo. Hasta que un plano inaugura una nueva manía. Hawking baja las escaleras arrastrándose escalón por escalón (golpeándose en cada paso) porque ya no puede caminar bien. Este corte, abrupto y tal vez gracioso, marca el principio de otra película que comienza, muchos más incómoda de ver que ese drama romántico que venía sucediendo. Cada vez más deformado, Stephen irá viviendo situaciones cada vez más raras acompañadas por un Disney touch (de luces, brillo y música). Cuando ya no pueda caminar, aumentará el numero de miradas traviesas desde ese costado en el que se ubican sus gestos. Nos han devuelto la palabra bizarro.

Se sugieren dos escenas de sexo más entre los esposos que derivan en dos hijos más (qué puntería). Si la primera era inesperada –Hawking casi no puede caminar-, la segunda llega como un milagro –Hawking no puede moverse- y con ella un bebé monstruo gigante hecho a la medida de los antifans del bebote de plástico de American Sniper.

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El bebé viene con una última secuencia símil filmación familiar en super 8 con pianitos bajo el brazo, siendo la primera durante el casamiento y la segunda –la inolvidable- durante un día en la playa. La pareja los dos primeros hijos y un personaje enigmático, Jonathan, profesor del coro de la iglesia de Jane, viudo, excelente tipo que comienza a ayudarlos como puede con su paciencia, fortaleza y juventud. En esta secuencia todos juegan en la arena alrededor de Hawking, que aparece alternadamente en brazos de Jane y Jonathan como un Benjamin Button. La secuencia, que comienza con un plano oblicuo de las olas, es de un romanticismo extremo, repleto de primeros planos de las caras desencajadas de todos los personajes que parecen querer ponerse a tono con el protagonista. Jonathan se revela al final de la secuencia no sólo como el mejor amigo de la familia sino también como quien tocaba la canción que escuchamos durante toda la secuencia. Bien podría haber filmado, editado y distribuido el film con semejantes dotes. El tono es similar a la secuencia del sueño de Happy Gilmore, o una parodia en realidad.

Ya para esta altura la película había inventado una cosa que podría llamarse cinismo humanista. Una especie de tomada de pelo sutil unida a un humor negro tan pulido que permite enfrentarse a una incomodidad importante con desparpajo. Parecía empujar los límites de una biopic más bien sensiblera, cómoda y agradable llevándola a los extremos del humor, teniendo como principal cómplice a Hawking, un tipo de un humor bastante libre, a sabiendas de lo inquietante que puede resultar. Sugiere que hay nada de lo que uno no pueda reírse a priori, depende siempre de la construcción, y que la presencia de lo inquietante no debería ser escondida –elipsada-, mucho menos sus reacciones. A esto lo alimentan la aparición del nunca faltante científico Ruso que ha viajado junto con su variable acento a la universidad ajena a pelearse por los disparates que pueden estar diciendo allí y lo felicita con pesar, su trabajo es muy bueno. Además de los rusos aparecen en el patio unos extraños búfalos.

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Lo que empieza a suceder con esto es que situaciones que no deberían tener nada de extraño nos resultaron graciosas, como por ejemplo la marcación del lugar donde iría la traqueotomía con una X grande como para ocultar tres tesoros. Después de esto aparece una enfermera colorada yeta que encuentra un espectacular sucedáneo para el sexo: un colega profesor los sorprende a ella y a Stephen en su estudio pasando las páginas de una suscripción de Penthouse que ganó en una apuesta, puesta en su atril de libros y compartiendo miradas pícaras. Una buena porno de paralíticos.

Finalmente viene el discurso inspirador, cuando frente a una audiencia a cuyas preguntas responde mayormente con chistes Hawking lamenta no poder alcanzarle a una chica la lapicera que se le acaba de caer. Difícil tener que aceptar las limitaciones del propio cuerpo, pero bien acompañado de entender que eso no le ha impedido mandar al creacionismo a veces si a veces no a la mierda.

La película termina con un rebobinado que nos recuerda algunas secuencias –y le da razón de ser a otras- y así presenciamos un pequeño ensayo de cómo sería tener la posibilidad de probar que el universo tuvo un principio y tendrá un final: yendo hacia atrás hasta el minuto cero. Cosa que es imposible en todos lados salvo en el cine.

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