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El mejor amigo del músico

Whiplash de Damien Chazelle

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Lo raro de Whiplash pensada como una película sobre música (sobre jazz, específicamente) es que no tiene ningún tipo de cadencia musical: es, más bien, una película deportiva con sangre, sudor, esfuerzo, lagrimas e incluso sangre, al ritmo de una percusión deslucida. Y, como ya se dijo, si se le quiere encontrar otra filiación sería con las películas militares, o de entrenamiento, de esas en la que todos sufren bajo el yugo de algún coronel con un régimen estricto. Andrew, el sometido de turno, es un joven estudiante de batería en uno de los mejores conservatorios de NY que parece sentirse cómodo siendo basureado por su profesor y director de orquesta, Fletcher y esa es su principal ventaja frente a los demás bateristas aspirantes a su puesto, que tienen una reacción un poco más normal: tienen miedo. La competencia es la regla en ese conservatorio frío, sobriamente decorado, como un centro médico en donde no puede surgir amor –el simulacro que intenta el protagonista con la chica de los pochoclos fracasa desde un principio- de ningún tipo: ni del director hacia sus personajes ni de los personajes entre ellos. Pero tampoco es una película misántropa más: Andrew y Fletcher tienen otros móviles, un tanto más complejos.

Alumno y profesor son, a su manera, apasionados. El cine norteamericano tiene un gusto especial por ellos, privilegiando las historias de autosuperación y su largo etcétera, en las cuales la pasión y el oficio se ponen al servicio de una causa, de hacerle un bien al mundo –al país, al menos-. Ellos en cambio son egoístas, trepadores, traidores: no pasan por esa etapa de oscuridad para luego redimir sus pecados y olvidar esa etapa ineludible, dramática, necesaria para llegar al éxito, sino que parecen estar muy cómodos siendo unos garcas. No pretenden ser mejores personas, exitosos a la manera que enseñan los libros que prometen felicidad en fáciles cinco pasos, sino que siguen pisándose impunemente para cumplir sus objetivos y no tienen miedo de ser violentos –el tipo de violencia que se les ocurra: física, verbal, simbólica-. Tampoco son unos freaks que no necesitan ser legitimados por las instituciones: quieren triunfar de manera convencional, en donde todos quieren triunfar. Y si bien no es un retrato muy benigno, Andrew y Fletcher cargan con todo el peso de la película y sus pretensiones porque tienen el estigma de los apasionados: la vocación como algo innegable, y aunque en el camino puedan aparecer estos desvíos un poco enfermizos, es algo de lo que –para bien o para mal- no se puede escapar y que todo el tiempo que no se dedique a ella es una pérdida de tiempo. Para los que tenemos ese tipo de problemas, es una victoria secreta.

“Esas motos que van a mil / sólo el viento te harán sentir” cantaba David Lebón con su vocecita a fines de los setenta. En lo que los protagonistas se equivocan conceptualmente, el director también: el montaje confunde rapidez y superposición con intensidad. Chazelle se provee de un stock visual de planos en teleobjetivo, bien cerquita de las cosas, con nula profundidad de campo -todos procedimientos que uno ya asocia con el lenguaje publicitario- y los apila, como queriendo seguirle el ritmo a su protagonista o peor: compitiendo con él, queriendo hacerse notar. No hay ninguna otra idea más que la de la rapidez por sí misma, como un objetivo que desafía los límites físicos del baterista por un lado y de nuestra paciencia por el otro.

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 Una extraña, casi enferma, bastante perversa, idea sobre la pasión y el aprendizaje manejan los protagonistas. Andrew dice todo el tiempo que él quiere ser el mejor (cosa que sólo existe en el tenis y también es discutible), como si el disfrute proviniese de tal posición y no del hecho de tocar la batería, lo que es consecuente en sus gestos: casi no se ríe y su rostro varía entre la concentración y el sufrimiento (aunque si uno puede hacer el ejercicio de abstraerse por un momento de la batería y, considerando el movimiento de las manos y el tamaño del plano –pecho-, podemos pensar que está haciendo otra cosa bastante más placentera para él). Lo que se destaca es la aparición de la sangre manchando en varios momentos la batería como si en ella estuviese condensada su manera de entender su pasión, la evidencia física como prueba. Una concepción hasta casi pornográfica es lo que parece legitimarlo: si duele, es de verdad. Hay que pensarlo en conjunto con la escena de la mesa familiar, en la que se lo juzga con la misma vara que a los otros pibes de su edad con una linealidad pasmosa, un poco grosera: los otros son deportistas y por lo tanto se mueven en un ambiente en la cual la línea del éxito y el fracaso está bastante más definida. Un pichón de músico, pienso, debería ser más flexible en estas categorías. Con respecto al aprendizaje, hay una falacia voluntarista: Charlie Parker, Bird, el saxofonista que es nombrado por alumno y por profesor como el epítome de todo lo que está bien en el mundo, no fue una leyenda del jazz porque practicaba mucho. Seamos buenos y admitamos que eso se lo debe a su talento, algo nato que no se consigue con esfuerzo: si Whiplash reconociese eso, no existiría. Una película que le deja a su protagonista poner esas expresiones exageradas no se toma muy en serio a sí misma.

Chazelle da indicios para que podamos hacer la analogía música/deporte, empezando con la elección de la batería como instrumento. Para poder tocar de una manera decente el cuerpo debe estar en condiciones porque el esfuerzo físico a ese nivel es descomunal (la transpiración también se hace presente para recordarlo todo el tiempo). Y sin embargo, ese no debería ser un mérito en el mundo del jazz, que se caracteriza por su nivel de libertad frente a los standards –canciones populares conocidas por todos- y por lo irrepetible de la experiencia en vivo, no por la precisión milimétrica, repetible, en serie, de las ejecuciones. En Whiplash hay eso: ánimos de perfección, tiempos cronometrados, desafíos de rendimiento, todas cosas muy valorables en un currículum. La película se identifica con un virtuoso, de alguien que piensa desde un principio que más es mejor. Andrew es uno de ellos pero podemos pensar en muchos: Victor Wooten, Satriani, o cualquier integrante de Rush o Dream Theater, toda gente que nadie puede tomar en serio porque los que tenemos buen gusto sabemos que los grande en serio son humildes, se ponen al servicio de algo mayor y quieren pasar desapercibidos.

La escena final condensa las intenciones de toda la película, tanto por sus pretenciones de intensidad como de su imposibilidad de lograrlo. Si durante la hora y cuarentipico anterior habíamos visto varias situaciones como mínimo polémicas o forzadas como el olvido de los sticks de batería, lo que sucede cuando empieza el concierto final tiene una vuelta de guión que podría ser bastante más desafortunada y resulta ingeniosa sin pasarse de ingeniosa. Si antes la música había pasado de manera casi lateral, de a pedacitos, sin dejar que ninguna canción se desarrolle, ahora podemos escuchar una pieza entera e incluso casi que podríamos disfrutarla si no fuese porque nuestra atención está centrada en el pobre protagonista que trata de remontar una situación irremontable, haciendo lo que puede, pasándola mal, en la verificación de que su profesor sigue siendo un hijo de puta. Después, Andrew quiere redimirse en un solo de batería que también es una verificación, pero de otra cosa: los solos de batería siguen siendo aburridísimos para todos los que no somos bateristas.

Lautaro García Candela

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